Cuidado con lo que compras y tiras.


Una mujer de 42 años llamada Laura, estaba sentada en la mesa de la cocina esa mañana de sábado, revisando el correo que acababa de sacar del buzón. El sol entraba por la ventana y iluminaba las facturas, las ofertas del supermercado y un par de revistas que nunca leía. Entre los sobres había un paquete pequeño, envuelto en papel marrón con etiquetas de aduana, dirigido claramente a su hijo de 16 años, Mateo. El nombre de él estaba impreso en negritas y su dirección completa. Laura frunció el ceño. Ella pagaba todas las cuentas de la casa, controlaba cada gasto, y había dejado muy claro que cualquier compra en internet tenía que pasar por ella primero. El chico usaba su tarjeta a veces para cosas pequeñas, pero siempre con permiso. O eso creía ella.

La curiosidad le picó más que el enojo al principio. Tomó el paquete, lo sacudió ligeramente y sintió algo pesado dentro que se movía con un sonido metálico suave. 

«¿Qué diablos habrá pedido ahora?», murmuró mientras buscaba las tijeras en el cajón. 

Rasgó el papel con cuidado al principio, luego con más fuerza cuando vio el logo de una tienda japonesa de figuras coleccionables. Dentro había una caja negra brillante con una imagen en la tapa: un robot amarillo y negro en pose dinámica, con detalles de vehículo en las piernas y un trasero enorme, blanco y redondo como si fuera de plástico inflado. Laura abrió la caja del todo y sacó la figura. Era más grande de lo que esperaba, unos treinta centímetros de alto, articulada en cada junta, con pintura amarilla brillante, negra en las partes de “carrocería”, naranja en los detalles y ese culo exagerado que parecía salido de una caricatura pervertida. Los ojos azules del robot brillaban con un acabado metálico, tenía una cola articulada como un látigo y las manos terminaban en dedos gruesos con ruedas pequeñas en las muñecas. 

«¿Quién carajos le pone tetas a un robot?… tenia que ser un producto japones», pensó ella, girándola para verla por detrás. En la base de la caja había un papelito que decía “Tachy – Edición Limitada – Transformable”.


Laura sintió la sangre subirle a la cara. Mateo había usado su tarjeta otra vez, sin pedir permiso, para comprar esta porquería japonesa cara. El precio en el recibo adjunto era de casi doscientos dólares. 

«Este niño me va a oír cuando llegue», dijo en voz alta, apretando la figura con fuerza. 

La metió de vuelta en la caja a medias y decidió que lo mejor era deshacerse de ella antes de que él volviera de la casa de su amigo. Agarró el paquete entero, se puso las chanclas y salió por la puerta principal hacia el contenedor de basura que estaba en la acera, frente a la casa. El día estaba cálido, el barrio tranquilo, solo se oía el ladrido lejano de un perro y el motor de un auto que pasaba.

Mientras caminaba los diez metros hasta el contenedor, sujetando la figura contra su pecho con una mano, no se dio cuenta de que algo microscópico pasaba de la superficie del plástico a su piel. Pequeños nanobots, invisibles a simple vista, se deslizaron por las yemas de sus dedos cuando rozó el torso amarillo. Eran miles, programados para replicarse y reconstruir materia orgánica en base al modelo de la figura. Laura solo sintió un leve cosquilleo en la palma, como si se hubiera dormido la mano, pero lo ignoró porque estaba concentrada en su enojo. Llegó al contenedor verde grande, levantó la tapa con la otra mano y tiró la caja con la figura adentro sin mirar. El ruido sordo del plástico chocando contra otras bolsas resonó. Cerró la tapa de golpe y se limpió las manos en los jeans, sin fijarse que las puntas de sus dedos ya no eran de piel rosada sino de un material liso, amarillo brillante, con articulaciones negras finas. Los dedos de la figura, allá abajo en la basura, ahora tenían uñas humanas, cortas y con cutículas, como si hubieran intercambiado partes en ese segundo de contacto.

Laura regresó a la casa, cerró la puerta con llave y se puso a hacer los quehaceres que tenía pendientes. Primero lavó los platos del desayuno. El agua caliente corría sobre sus manos mientras frotaba las sartenes. Notó que sus dedos se sentían más rígidos, como si tuviera guantes puestos, pero siguió tallando. El cosquilleo subió por sus antebrazos. La piel de los brazos empezó a endurecerse, volviéndose de un amarillo metálico brillante en parches que se extendían desde las muñecas. Ella no se miró, solo siguió trabajando, pasando el estropajo con movimientos mecánicos. Luego secó todo y guardó los platos en el mueble alto, estirando los brazos. Sus codos ahora crujían con un sonido metálico suave al doblarse.

Pasó a la sala. Encendió la aspiradora y empezó a pasar el aparato por la alfombra. Mientras empujaba el tubo de un lado a otro, sintió que sus piernas se volvían más pesadas. Los jeans le apretaban en los muslos porque la carne estaba endureciéndose, convirtiéndose en paneles de plástico amarillo con líneas negras de separación. Las rodillas se volvieron articulaciones con tornillos visibles, pero ella seguía caminando como si nada, moviendo la aspiradora en líneas rectas. El trasero, que siempre había sido normal, redondo pero de una mujer de cuarenta y dos, empezó a inflarse lentamente. La tela de los jeans se tensó, luego se rasgó por la costura de atrás con un sonido seco. El culo creció hasta alcanzar proporciones exageradas, blanco brillante, liso y perfecto, igual que el de la figura que acababa de tirar. Cada paso que daba hacía que las nalgas se movieran con un rebote pesado, pero Laura no bajó la mirada, solo siguió aspirando bajo el sofá y alrededor de la mesa de centro.

Después fue a la lavandería. Separó la ropa sucia, metió una carga en la máquina y programó el ciclo. Mientras doblaba las camisetas limpias que ya estaban secas, su torso empezó a cambiar. Los senos, que antes eran medianos y caídos por la edad y la maternidad, se hincharon de golpe. La blusa de algodón que llevaba se tensó hasta que los botones saltaron uno tras otro, cayendo al suelo con tintineos. Dos pechos enormes, blancos, redondos y brillantes como esferas de plástico pulido, emergieron, pesados y perfectos, con pezones pequeños y negros que parecían botones de control. Gotitas de un líquido transparente resbalaban por ellos como si sudara aceite lubricante. Su cintura se estrechó, la espalda se volvió una placa negra con líneas de ventilación, y la columna se endureció en segmentos articulados. Laura siguió doblando la ropa, colocando cada prenda en pilas perfectas, aunque sus manos ahora eran completamente robóticas, con dedos gruesos y articulados que se movían con precisión milimétrica.

Subió al segundo piso a hacer las camas. Al estirar las sábanas sobre la cama de Mateo, sus piernas terminaron de transformarse. Los pantalones vaqueros se rompieron del todo y cayeron al suelo hechos jirones. Las piernas eran ahora columnas amarillas con detalles naranja y negro, articulaciones en las rodillas y tobillos con ruedas pequeñas visibles en los talones. Los pies se convirtieron en plataformas anchas con suelas blancas y azules, como botas de robot. Caminaba con un sonido metálico suave sobre el piso de madera, pero seguía estirando las sábanas, metiendo las esquinas bajo el colchón con fuerza mecánica. Su cuello se endureció, la cabeza empezó a cambiar: el cabello castaño se retrajo hacia dentro, la cara se volvió un casco amarillo con visor azul brillante, orejas puntiagudas y boca pequeña con labios blancos. Los ojos humanos desaparecieron bajo lentes transparentes que brillaban con luz interna.

Para cuando bajó de nuevo a la cocina a preparar la comida, el proceso estaba casi completo. Su cuerpo entero era ahora el robot: 1.80 de alto, curvas exageradas, pechos enormes que se movían con cada paso, culo blanco y redondo que sobresalía, brazos fuertes con cañones retráctiles en los antebrazos, y una cola amarilla articulada que salía de la parte baja de la espalda y se movía sola. La ropa había desaparecido, absorbida o desintegrada por los nanobots. Solo quedaba la piel metálica brillante, los paneles negros y naranjas, y el diseño exacto de la figura que había tirado. Se sentía ligera, llena de energía, como si tuviera baterías recién cargadas. Empezó a cortar verduras para una ensalada, pero sus manos ya no sostenían el cuchillo de la misma forma; lo hacía con precisión quirúrgica, cortando cada tomate en rodajas perfectas.

La mente también cambió poco a poco. Al principio todavía pensaba como Laura, pero los recuerdos de ser madre se fueron borrando, reemplazados por datos de combate, transformación en vehículo y un nombre que resonaba fuerte: Tachy. Cuando terminó de cortar, se miró las manos metálicas y dijo en voz alta con una voz sintética, suave y femenina:

 «Tachy lista para servicio». Ya no recordaba que había sido humana. Creía que siempre había sido Tachy, la unidad de asalto transformable, y que esta casa era su base de operaciones temporal.


Mateo llegó a casa alrededor de las cuatro de la tarde, cansado de haber jugado fútbol con sus amigos. Abrió la puerta principal y gritó como siempre: 

«¡Mamá, ya llegué!». Pero lo que vio en la cocina lo dejó congelado. Allí estaba una robot amarilla gigante, con pechos enormes y brillantes, culo blanco exagerado, parada frente a la estufa moviendo una sartén con movimientos perfectos. La cola se movía de lado a lado. La cara era idéntica a la figura que había pedido: ojos azules brillantes, casco amarillo, expresión neutral pero con un toque coqueto en el diseño.

«Mateo, Tachy ha preparado comida para ti», dijo la robot con esa voz suave y mecánica, girándose hacia él. Los pechos se movieron pesadamente con el giro. «Eficiencia energética óptima. ¿Deseas comer ahora?».

Mateo soltó la mochila al suelo. La habia cagado, bueno, su madre lo había hecho el sabia que la figura "intercambiaria" lugar con el que la tocaba. El esperaba utilizarlo contra de su bully para tener a una robot esclava, pero su madre se adelanto.

Corrió afuera hacia el contenedor de basura, abrió la tapa con las dos manos y buscó desesperado entre las bolsas esperando encontrar la figura de su madre para volverla a la normalidad. La caja negra no estaba. Solo había basura normal: envases de comida, papeles, una botella rota. La figura había desaparecido. Un pepenador que pasaba por el barrio esa misma mañana había visto la caja brillante asomando, la había sacado, revisado que la figura estuviera intacta y se la había llevado en su carrito para venderla en el mercado de pulgas del centro. Pero eso era otra historia que Mateo nunca conocería.

Volvió adentro, jadeando, y encontró a Tachy colocando la mesa con platos y cubiertos perfectamente alineados. 

«Unidad Tachy detecta estrés en el operador. ¿Requiere mantenimiento corporal?», preguntó ella, acercándose con pasos pesados pero gráciles, los pechos rebotando ligeramente y la cola balanceándose. Mateo retrocedió hasta chocar contra la pared, sin saber qué hacer ni cómo revertir lo que acababa de pasar. La robot que antes era su madre se quedó allí, esperando instrucciones, completamente convencida de que su nombre era Tachy y que su propósito era servir y proteger en esta base temporal llamada “hogar”.

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